miércoles, 16 de noviembre de 2016

La gran familia

Mi familia es especial. Casi todos pensarán lo mismo, y muchos tendrán razón. Pero mi familia es mi familia, y es (muy) especial.
Somos raros, sí. A ver, era esperable, la planta nace de una tierra abonada. Así que somos raros, pero en el buen sentido. Quizá más bien “peculiares”. Y por eso hacía falta un post hablando de una de las cosas que más voy a echar de menos, aparte de ver agua de mar y querer tirarme a tomar el sol (con protección! :P).


Es especial, es rara (la foto de arriba puede ser un ejemplo), y lo que para mí es mejor de todo, es grande. Por parte materna ocho, y por parte paterna tres. Más sus respectiv@s, más sus hijos. Con lo cual, hay de todo.



Hubo un sureño que enamoró a una gallega y formaron una familia aquí; un sureño que podía llegar a ser cargante, que despertaba los domingos a sus hijos poniéndoles un churro en la nariz aunque tuvieran ya pelos en sus partes y lo único que quisieran fuera dormir después de haber salido hasta las tantas la noche anterior. Que era cazador y ató una tórtola a la catedral de Cádiz para cazar un águila que amenazaba a los pájaros de la zona (cuando el águila era un problema y las palomas no). 
Ella hace un caldo gallego que quita el hipo, es difícil que llames por teléfono a su casa y esté, y las lanza dobladas pero te tienes que reír.
También estuvo, por el otro lado, un abuelo que parecía Popeye cuando se quitaba la dentadura, que soltaba lo primero que pensaba sin pensar en las consecuencias (y ha dejado herencia en ese sentido cuando miro alrededor), y que trabajó como enterrador. Y una abuela que hacía unos filetes empanados que todavía recuerdo, a quien le dio igual que un Guillain-Barré fuera complicado porque se recuperó como si una gripe hubiera sido, que compraba unos helados de vainilla envueltos en chocolate que no seré capaz de encontrar, y que gritaba al novio de su hija, americano, aun cuando le decían que daba igual que gritara, que lo que él no entendía era el idioma.

Bajando un peldaño, hay quien decidió (sorpresa) dar el salto e irse a vivir a Estados Unidos, y que era como todo el mundo tendría que ser, si todo el mundo tuviera que ser como alguien; que decía “cooome” en cada comida. Su hija vuela por Estados Unidos como azafata, y aún la quiere con locura, como todos.

Por el otro lado hay quienes trabajan en hospitales, escuelas, hoteles y ayuntamientos, quienes conducen camiones o montaron su propio negocio (aunque por culpa de estos tiempos no haya podido seguir por ahí). 
Dicho así suena hasta bien. Parece normal. Pero si rascas un poco, compruebas que hay algo más, y mejor.
Hay moteros, de derechas y de izquierdas - pero la norma es que no se discute de política ni de religión… Sólo un poquito -, hay fotomontajes de madridistas rezando a un Messi en el cielo, hay surtidores de cerveza de origen secreto, hay fiestas ibicencas para celebrar bodas de plata, y hay nietos que se encuentran desde pasando la treintena hasta nacidos hace dos o tres años que tocan el violín, se van a Canadá, al Amazonas, a Holanda, hacen locuras como subirse al Mulacén y quedarse a dormir allí de improvisto (sí, me he enterado!), que con diez años y con menos tienen más gracia que muchos, que les gusta cocinar, que les encantan los animales, que practican surf, que hacen teatro y poco a poco cositas en lo audiovisual…

Hay amantes de los animales, con poquita paciencia pero decidida como pocas. Hay quien arregla un barco entero él solo. Hay quien lo mismo te hornea un pan, que te hace un huevo duro cuadrado o te prepara un sushi que tira para atrás. Hay quien tiene una cabeza sensata aunque siempre esté poniendo “peguitas”, y que nos quiere a todos a reventar.


Hay animales que han sido de la familia igual que nosotros y con sus propias peculiaridades; que eran nobles, iguales que una bola de pelo, tontos de lo bueno que eran, tranquilos, nerviosos, listos…


Y luego, entre todo esto, estoy yo. Que soy como soy porque he tenido un ambiente que le desearía a todo el mundo.

Todo esto ha convivido durante décadas cada semana. Porque no sólo de Navidades viven los encuentros familiares. Casi todos los sábados nos hemos reunido, si no todos, los que pudiéramos, y hemos comido, bebido (Cruzcampo aún nos debe algo por los litros que han caído cada fin de semana), charlado. Ya fuera en verano hasta la noche desde el medio día, con piscina y barbacoa, como en invierno con chimenea y potaje. Todo gracias al “campo”, primero el de mis abuelos, ahora el de mis padres, teniendo así un sitio donde reunirnos. Mítica es la pregunta “¿hoy hay campo?” que se ha repetido entre todos nosotros desde… Puf.


Si hay algo que voy a echar de menos y que voy a disfrutar cada vez que venga, son estas reuniones y a todos ellos. Porque mi familia, ya lo dije, es especial. Y tenía que decirlo.




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